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Copyright: Imágenes propiedad de Albert Boté, bajo Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España.

domingo, 12 de febrero de 2012

Ilustración "Por favor, cortéjame (2ª parte). Paracaidistas"

Hola de nuevo. Una vez más, ha aparecido la nueva GayBarcelona (nº 89, febrero 2012), y como ya os adelanté el mes anterior, ésta vez viene con la 2ª parte del artículo "Por favor, cortéjame" escrito por Gabriel J. Martín psicólogo de la Coordinadora Gai-Lesbiana de Barcelona y de Gais Positius. Desgraciadamente ésta vez, la ilustración que suelo hacer habitualmente para acompañar el artículo, no llegó a tiempo para ser incluida en la maquetación de la revista, por lo cual, por 1ª vez desde mi primera colaboración con Gabriel, la ilustración no ha  aparecido acompañando su texto. Aun así y valorando el tiempo y dedicación empleados para hacer la ilustración, he decidido compartirla con todos vosotros y agradecer con ello la oportunidad prestada para colaborar en éste artículo (y por ende, a todos).

Siguiendo el tema que Gabriel iniciaba en la 1ª parte del artículo, en éste capítulo cierra su reflexión sobre cómo se entiende y vive el cortejo en el “ambiente” gay, y cómo podemos aprovechar mejor sus posibilidades para así disfrutar más de la interacción iniciada con la persona deseada haya o no expectativas de ir más allá.

Para ilustrarlo, ésta vez probé con distintas ideas, aunque la que más atrajo la atención de Gabriel fue una que a mí, a priori, no me gustaba mucho, básicamente, porque el boceto inicial dejaba mucho que desear. Aunque el mensaje quedaba impreso y reflejaba la idea de cortejo a la invitación de seguir a alguien sin saber qué nos aportará esa oportunidad, estructuralmente, el diseño resultaba flojo y plásticamente incluso mediocre. Por suerte los bocetos posteriores que hice mejoraron muchísimo el diseño inicial, dando como resultado una imagen mucho más dinámica e interesante. Al final, la mezcla de luces y colores dieron el toque adecuado para que la imagen expresara esa sensación de “salto al vacío” que afrontamos cada vez que aceptamos seguir a quien nos tiende la mano para ofrecernos una relación (alguien) por descubrir. Llamé a la imagen: “Paracaidistas”.

Ésta es la ilustración final: “Paracaidistas”.


Éstos son los dos bocetos principales a partir de los cuales fui desarrollando la imagen. Como podéis ver, el 1º es mucho más sencillo y pobre. El 2º ya muestra los trazos iniciales de la idea final.



*Si no habéis leído la 1ª parte del artículo, la encontraréis aquí.

Aquí tenéis la 2ª parte del artículo "Por favor, cortéjame" de Gabriel J. Martín:



Por favor, cortéjame (II)

Gabriel J. Martín, psicólogo de la Coordinadora Gai-Lesbiana y de Gais Positius. Ilustraciones, Albert Boté.


3. Muestra tus sentimientos.

Como dije antes, a menudo los gais nos equivocamos escondiendo nuestros sentimientos por temor a que mostrarlos nos haga vulnerables. Pero lo cierto es que hace falta muchísimo valor para mostrar la propia vulnerabilidad… y que no hay nada más sexy que tener ante ti un hombre valiente que se descorre la camisa para mostrarte el corazón y decirte “si me hieres aquí me dolerá mucho, pero no pienso esconder cuánto me gustas”.

       Maneras de mostrar tus sentimientos son a través de los detalles y por medio de una comunicación eficiente.

3.a. Detalles.

Vas a trabajar, son las 7'30 de un jueves. Estás en el portal de casa y al pasar por el buzón y te das cuenta de que dentro hay una cosa… ¿con lacitos? Abres el buzón y resulta que es un regalo envuelto. Tiene la forma de un cd, lo abres y es “Make it big” de Wham. Te quedas muerto porque el pasado domingo estuvisteis hablando de vuestras adolescencias y de que tú estabas enamorado de George Michael y tenías todos sus discos incluyendo los de cuando estaba en el dúo con Andrew Ridgeley pero que -como eran vinilos- ya no puedes escucharlos. Sí, vale que te los puedes descargar en tu iPod pero ¿y el detalle de haberse recorrido las tiendas de discos antiguos buscando la edición en cd? Te acaba de decir que le importas, que presta atención a las cosas que le cuentas, que está dispuesto a dedicar parte de su tiempo a molestarse por ti... y que quiere que vayas a trabajar con una sonrisa en la boca en lugar de con legañas en los ojos. Anoche estuvo en tu portal para dejar el disco en tu buzón sin que te enterases de nada… sólo porque así tú te llevarías esta sorpresa. Esos son los detalles que enamoran: ni el más caro ni el más bello sino el que más interés demuestra.

Los detalles que funcionan surgen de las conversaciones (como lo del disco de Wham) ya que transmiten el mensaje de “te escucho atentamente porque me importas y porque lo que estoy descubriendo en ti me gusta”.

También es importante que los detalles sean desinteresados. Aunque todos sepamos que -en el fondo- buscamos lo que buscamos, crear una atmósfera de generosidad ayuda al enamoramiento. Eso sí, si no te sientes correspondido y él no reacciona ante tu tercer “me gustan los hombres detallistas” mejor no le cojas más el teléfono porque -probablemente- sus dos neuronas estén peleadas entre sí y el hombre no dé para más (¡que el señor nos libre de las divas!). El amor desequilibrado, donde uno pone a cambio de nada, no es amor: es dependencia. Si no te sientes correspondido háblalo y/o rompe la relación pero no uses los detalles como chantaje emocional. Es penoso... y a la larga no funciona.

No olvides que los detalles que funcionan son los detalles que halagan. Si le regalas un bono para clases de fitness no estás siendo galante, le estás llamando gordo en toda su cara. Mucho mejor una corbata que haga juego con sus ojos… para cuando salgáis a cenar ensalada (¿ves? Se puede ser muy sutil).

Las relaciones no se dan porque sí, se construyen. Nunca una relación funciona bien sin dedicación y esfuerzo. Los detalles son la muestra de la dedicación y ayudan a generar los buenos recuerdos que incluso por encima de la comunicación, como dice Gottman (2000), son la verdadera esencia de una buena relación. Es muy fácil amar a un hombre detallista. Si para ti los detalles son importantes, tenlos. Será la manera de expresar que ésas son las reglas con las que quieres jugar el juego de vuestra convivencia. Tener detalles es un hábito que se adquiere y siempre estamos a tiempo para adquirir este hábito. Si no acostumbras, plantéate muy en serio aprender a tenerlos. Serás mejor hombre porque aprenderás a ser alguien generoso que cuida a las personas que tiene cerca. Sólo por eso ya merece la pena. Si encima entrenas tu capacidad de galanteo y hasta llegas a construir una bonita relación ¡ya ni te cuento!

3.b. Comunicación.

Tener detalles, no obstante, no es suficiente si falla la comunicación entre vosotros. Es más, hasta puede ser contraproducente porque resultará sospechoso si se da una contradicción entre lo que se supone que ocurre (que te interesa) y lo que ocurre realmente (que no te interesa en absoluto porque no le haces ni caso cuando te habla). Si no te interesa de verdad sé honesto y no disfraces de galantería tus ganas de “acostarte con él y punto”. Ve al grano, igual él tampoco te ve como algo más que un polvete y no necesitáis andar enredando.

Vaya por delante que, cuando hablo de comunicación, no me estoy refiriendo a esas técnicas huecas que pululan por ahí y que se dedican a entrenar en habilidades de escucha activa sin llegar a la profundidad del asunto cuando hay un conflicto. Cuando digo comunicación en este artículo me estoy refiriendo al hecho de abrirse al otro para poder conocerse y comenzar a construir una posible relación. No digo “charlar” digo “abrir caminos, derruir murallas”.

El primer error que debes eliminar de tu cortejo es el de mostrar solamente tu parte buena. No hay nada más sospechoso que un hombre sin defectos. Si él es un hombre con sentido común sabrá que todos tenemos luces y sombras, seguramente hasta habrá asumido las suyas y esperará conocer las tuyas para poder hacer lo mismo. Si te empeñas en aparentar ser perfecto por aquello de cortejarle, puede que te quedes a dos velas porque él prefiera a alguien más seguro de sí mismo. También te puedes encontrar con el caso opuesto: que él espere encontrarse con un “príncipe azul inmaculado”. En es caso, ¡sal corriendo ahora mismo, este hombre vive en otro planeta!

Sé asertivo. La asertividad es un estilo de comunicación (defender la posición propia sin agredir al otro ni dejarse avasallar por él) así que, si de comunicar se trata, comunica bien. Te propongo una metáfora: eres su anfitrión y él llega a tu casa. Le abres tus puertas, le permites entrar a cada habitación, comentáis la decoración, le sirves los vinos de tu bodega (bueno, de la despensa), le permites que se sirva de la nevera, que use tu bañera, le dejas sentirse como en su propia casa. Si él es un buen huésped cuidará de tu casa como de la suya y hasta te ayudará a limpiar y cocinar. Pero si él es un aprovechado o se dedica a deteriorar tu casa rompiendo tus muebles, tú no tendrás reparo en echarlo a patadas si es necesario. Pues eso, en el cortejo uno abre su mundo interior al otro y le permite conocerlo hasta el mínimo detalle. Uno da por hecho que ha sabido elegir bien a quién entrega las llaves de su alma pero si uno se ha equivocado, le muestra al otro el camino fuera de su vida. Y punto.



4. Y sobre tu físico…

Este tema siempre genera controversias aunque –personalmente- no las entiendo. Cuando uno sale a ligar (no hablemos,  cuando pretende cortejar a otro) siempre quiere presentar una buena imagen. Esto no es exclusivo de los gais,  ni tampoco de mujeres heterosexuales ni es una imposición “del patriarcado”. ¿Has ido a un baile de jubilados? Pues acércate a uno y comprenderás muchas cosas especialmente cuando te cruces con uno de esos señores de 70 años vestidos con traje de rayas y corbata estampadas (y tufando a Varón Dandy) ¡él piensa que así está atractivo y lo potencia!

       Todos pretendemos mostrar un físico atrayente y no encuentro nada malo en algo que llevamos en nuestro ADN (los pavos reales y sus colas, los leones exhibiendo melena…). Otra cosa es que te obsesiones con que no cumples unos cánones estéticos que son bastante irreales. Aquí no estamos hablando de un problema severo como una anorexia u ortorexia, aquí estamos hablando de cosas mucho menos importantes. Todos tenemos nuestro atractivo y todos los gais tenemos nuestro público. Si quieres trabajarte el cuerpo en el gimnasio porque no te gustan los michelines, adelante. Si prefieres cuidar más tu estilo vistiendo porque te gusta verte con ropa bonita, adelante. Si quieres acudir a un profesional para que te asesore en temas de imagen, adelante. Fíjate que siempre he hecho referencia a gustarte tú a ti mismo y que tú seas el primero en mirarte al espejo y gustarte. Mi amigo Antonio Garrido[1] siempre me dice: “lo importante es que la persona se vea bien a sí misma y –para eso- lo mejor es que el mensaje que transmite con su imagen sea el mensaje que quiere transmitir con su personalidad”. Creo que ahí está el quid de la cuestión: que tu imagen transmita quién eres tú realmente, no que te conviertas en una caricatura de Brad Pitt. Hay que ser uno mismo hasta en el corte de pelo.

       Y todo esto sin hablar de que en nuestra comunidad todos tenemos nuestro público. Hay gais a los que sólo les gustan los hombres de más de 120 kilos de peso. Hay a quien le gustan sólo los hombres de más de 60 años, a quien le gustan delgadísimos, a quien le gustan calvos o rapados. Y, los que más demanda tienen, son los hombres con sentido del humor.



III. En resumen.

Cortejar supone poner todo tu empeño en mostrarle a ese otro hombre lo orgulloso que puede sentirse de ti. Supone hacerle ver lo mucho que le excitas, lo mucho que disfruta del tiempo que pasa a tu lado. Cortejar supone hacerle ver que estás deseando conocerle mucho mejor.

A partir de aquí surge el noviazgo, donde dos hombres exploran sus características para evaluar si funcionarían juntos. En este sentido es bueno recordar que no existen estándares de hombre ideales, sino compatibilidades entre dos novios: lo que con unos funciona, con otros es un desastre. Recuerda que las personas no nos definimos por listados de características sino por dónde nos situamos entre dos puntos  y en esos puntos medios es donde debemos buscar nuestra compatibilidad. ¿Él es un urbanita al que le gusta salir al campo los fines de semana? ¿Le gusta el sexo muy cañero y a la vez es un romántico que baila boleros? Todos tenemos este tipo de paradojas porque nadie está en el extremo de nada. Entre dos polos opuestos, la mayoría de nosotros nos movemos en algún punto intermedio. ¿Su punto intermedio es similar al tuyo? ¿Son compatibles? En la vida nunca se trata de elegir entre mar y montaña, sino de decidir cuántas veces vamos al mar y cuántas a la montaña. No es que seamos contradictorios, es que -en el ser humano- no existen los extremos (bueno sí, pero son patológicos).

Conocerse supone dedicación. A menudo pensamos que perderemos el tiempo, ¡todo lo contrario!: Algunos estudios demuestran que son suficientes 15 minutos para que seamos capaces de evaluar si un hombre nos interesa. Conoce hombres, queda con ellos y repite con los que han captado tu interés, muéstrales el tuyo y no te conformes con una relación de cortejo desequilibrada. El amor es asertivo ¿tú lo eres? Pues muestra al mundo la clase de galán que llevas dentro y corteja al hombre de tus sueños (aunque haya varios hombres de tus sueños a lo largo de tu vida).

El cortejo entre dos gais es precioso, es la seducción entre dos seductores que desean seducir y ser seducidos. Es algo realmente intenso y vibrante, emocionante. De fuegos artificiales. No te conformes con menos.

Supermán te pondría el mundo a tus pies. A veces no cortejamos a alguien porque algo muy en el fondo de nosotros mismos nos dice que no tenemos mundo alguno que poner a los pies de nadie, que nuestra vida tampoco es tan interesante. No te equivoques: no compares tu vida con la de ningún otro. Quizá el mundo que él quiera bajo sus pies sea una ventana al patio de luces bajo la que sentaros a beber tu té de especias o esos viajes de fábula que tú rebuscas en esas webs que casi ninguno conoce. O sentir que nadie en todo el planeta le hace reír como lo haces tú… ¿volar? ¿Quién quiere volar pudiendo vivir a tu lado?




Para saber más:

Clubes de solteros gais: www.singlesgay.es

Downs, A. (2005). “The Velvet Rage”. Perseus Books. Cambridge

Garrido, A. (2011). Anécdotas de peluqueros. Libros Cúpula. Barcelona.

Gottman, J. & Silver. N. (2000). Siete reglas de oro para vivir en pareja. Barcelona. Mondadori.

Fisher, H. (2004). Por qué amamos, naturaleza y química del amor romántico. Buenos Aires. Taurus.

Fisher, H. (2007). Anatomía del amor. Madrid. Anagrama.





[1] Antonio sabe una enormidad sobre imagen ¡y counselling! Ha escrito un libro sobre anécdotas de peluquería que merece la pena leer, ¡nunca me había reído tanto como con la “ladrona de visones”!





*Recordad que si no habéis leído la 1ª parte del artículo, la encontraréis aquí.
*El resto de artículos escritos por Gabriel J. Martín con lo que he colaborado, los encontraréis con sus respetivas ilustraciones en éste mismo blog.

* Recordad que si no tenéis a vuestro alcance la edición impresa de la revista, podéis descargaros ésta y otras ediciones pasadas en www.gaybarcelona.net/revista/.

Licencia Creative Commons
Las ilustraciones "Por favor, cortéjame (2ª parte). Paracaidistas", "Por favor, cortéjame (2ª parte). Paracaidistas (boceto1)" y "Por favor, cortéjame (2ª parte). Paracaidistas (boceto2)" son propiedad de Albert Boté, y se encuentran bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España.

Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://albertbote.blogspot.com.


lunes, 9 de enero de 2012

Ilustración "Por favor, cortéjame (1ª parte)".

¡Hola a todos! Como cada mes, ha aparecido la nueva GayBarcelona (nº 88, enero 2012), y con ella, mi nueva ilustración para el artículo "Por favor, cortéjame" de Gabriel J. Martín psicólogo de la Coordinadora Gai-Lesbiana de Barcelona y de Gais Positius. Ésta vez el artículo ha sido dividido en 2 partes, por lo que éste mes disfrutaremos de la 1ª, dejando reservada la 2ª para febrero.

En ésta ocasión Gabriel ha querido profundizar en una cuestión que en el mundo del ambiente, a menudo se obvia como algo irreconciliable con los hábitos para las relaciones gays. Es decir, el cortejo. Lo que a priori parece haber quedado en propiedad de los heterosexuales, se hecha en falta más de lo que parece a simple vista entre los gays. La “facilidad” para relacionarse de forma esporádica sin tener que realizar ningún tipo de seducción para alcanzar el objetivo, provoca por otro lado, la pérdida de la fascinación y del intercambio de posibilidades que cada uno puede aportar al otro antes que comprometerse en una relación a toda prisa. Es por ello que Gabriel nos descubre qué significa el cortejo y algunas claves para intentar algo más que un polvo a secas.

Y visto el mensaje, aquí está la ilustración y el porqué de su contenido para interpretarlo: Siguiendo una referencia que el artículo hace a la película "Superman Returns", y de forma prácticamente espontánea, Gabriel tuvo la idea de hacer una especie de homenaje o versión gay del momento relatado. Más espontanea fue la idea de que además, el personaje que acompañaba a Superman/Gayman... ¡¡tuviera mis rasgos!! Debo decir que al principio me costó hacerme a la idea y me daba mucha vergüenza, pero entre broma y broma el comentario fue tomando cuerpo hasta acabar llevándose a la realidad. Imaginaos, ¿quién no ha soñado alguna vez con sobrevolar la tierra, en el lugar de Lois en brazos de Superman?? jajaja La verdad es que ha sido divertido hacer un dibujo así y representarme en semejante situación con un icono de la infancia tan importante. En cualquier caso, no hay duda que en ésta ocasión la ficción supera con creces cualquier posible parecido con la realidad. En fin, aunque yo personalmente no creo en Supermanes ni en dioses, sí creo en el poder de seducción de las personas y afortunadamente en el mundo hay grandes galanes listos para cortejarte. ¡¡Sé uno de ellos!!


Aquí tenéis la 1ª parte del artículo "Por favor, cortéjame" de Gabriel J. Martín:



Por favor, cortéjame
Gabriel J. Martín, psicólogo de la Coordinadora Gai-Lesbiana y de Gais Positius. Ilustraciones, Albert Boté.

Un amigo, bastante joven, me decía “En mi perfil tengo puesto que me gustan los hombres galanes ¡y sólo me entran señores de más de 65 años! ¿Es que no hay galanes de mi edad?”. Iniciamos una conversación sobre el cortejo, sobre cómo a todos nos gusta ser cortejados y sobre lo paradójico que resulta que -pese a ello y a juzgar por cómo nos quejamos- parece que los gais no somos especialmente dados a cortejar. ¿Por qué será? Mis últimos artículos han versado sobre temas de calado, hoy hablaremos de algo más liviano… aunque –también- importante.

¿Antiguo? ¿Pasado de moda? ¿Poco funcional? ¿Invento de Disney? ¿En serio? Helen Fisher (2004, 2007) ha investigado intensivamente sobre las relaciones sentimentales en los seres humanos y nos muestra cómo, no solamente en todos los lugares del planeta (incluyendo aquellos donde se celebran matrimonios de conveniencia), sino también en todas las épocas de la historia, ha existido el amor romántico y todo aquello que consideramos que forma parte de él: enamoramiento, cortejo, convivencia (y ruptura). Añado que, el día que me presenten a un teórico de “el amor es un invento de los grandes almacenes” que no esconda una profunda herida emocional, puede que empiece a tomarme en serio sus argumentos. Hasta entonces, seguiré apoyándome en lo que nos dicen las evidencias científicas y las evidencias científicas nos dicen que los seres humanos, como los primates que somos, nos enamoramos y cortejamos al igual que lo hacen los demás animales: el pavo real exhibiendo sus plumas, las ballenas canturreando y los leones frotándose los hocicos. En este sentido es muy interesante saber que las parejas de leones gais también se frotan los hocicos y se acarician mutuamente antes de copular. Los avestruces gais tienen una danza de cortejo diferente de la que usan los avestruces heterosexuales y los elefantes gais se entrelazan sus trompas antes de montarse. Y si los animales gais se cortejan, ¿porqué no íbamos a hacerlo los humanos gais? En los seres humanos el cortejo es muchísimo más elaborado que la exhibición de características físicas (que es a lo máximo que llegan algunos, tú ya me entiendes). Incluye conocerse, despertar el interés, agradar…

El problema está en que lo que nos hace suponer el sentido común (que también cortejamos) no suele darse en la práctica y muchos gais se quejan de que no sabemos cortejar, de que no nos tomamos interés por despertar la curiosidad del otro, que no nos molestamos en conquistar. ¿Es cierto eso?

Personalmente estoy convencido de que es cierto en gran medida y que estas quejas son más que razonables. Me atrevo a decir que los gais somos poco dados al cortejo (ese tipo de cortejo que va más allá de enseñar carne) y, de hecho, incluso tengo una hipótesis de porqué es así: no hemos entrenado. Vale que dicho de esta manera suena un poco a broma pero, si me lo permites, te lo explico. Los heterosexuales entrenan durante la adolescencia. Cuando un chico hetero llega a la edad de plantearse una relación en serio (supongamos que hacia los 25 años), ya lleva -como poco- desde los 12 años saliendo con chicas, tirándoles los tejos, tonteando, quedando, intentando captar su atención, demostrándole su interés... cortejando. Nosotros no hemos entrenado en absoluto, al contrario: en la adolescencia nos pasábamos el tiempo luchando contra nuestro conflicto por ser homosexuales, intentando que no se “nos notase” y teniendo un miedo atroz a que aquel compañero de clase se enterara de que estábamos enamorados de él. Por otro lado, históricamente, nuestras relaciones han sido siempre veloces y furtivas: ir al urinario público, echar un polvo rapidito y volver pronto a casa con la mujer y los hijos. Ésas han sido las tres constantes históricas de nuestras relaciones: no demostrar nuestros sentimientos, focalizarnos en el sexo e ir con mucha rapidez. Con estos antecedentes ¿quién puede aprender a cortejar? Por si fuese poco, y quizá a consecuencia de lo anterior, nuestros espacios de socialización (el ambiente) están muy focalizados en el sexo: cruising, saunas, cuartos oscuros y sex-clubs, lo que hace que muchos de nosotros intentemos evitarlos cuando nos planteamos que nos gustaría conocer a “alguien especial”. Por cierto, mi hipótesis puede contrastarse empíricamente: si tengo razón, a medida que ser homosexual se normalice y nuestros adolescentes puedan relacionarse con la misma naturalidad que los heteros, entonces será más fácil ver a dos chicos cortejándose y este paso será parte de nuestro proceso de enamoramiento tal como lo es en los heterosexuales. A ver qué nos dicen las generaciones futuras.


I. Lo que importa no es dónde lo conoces, sino qué hacéis después.

Nos metemos con el ambiente y con lo mucho que focaliza en el sexo y, sin embargo, los locales siempre están llenos (algo bueno tendrán). Algunos dicen que es porque no hay más alternativas y otros que porque -en el fondo- nos encanta el sexo. Como todos los extremos, cada postura tiene parte de razón (y parte de mentira). Es cierto que los hombres somos muy sexuales y también es cierto que echamos de menos otras formas de relacionarnos. Quizá una de las cosas que tengamos que aprender es que los chats, los bares y las saunas sólo ofrecen lo que ofrecen, aprender que los clubes de solteros gais organizan actividades pero no son una agencia matrimonial y que si no eres habilidoso en el cortejo, por más que salgas de excursión con otros cincuenta gais, volverás a casa tal como saliste. Lo que importa al fin y al cabo no es el contexto en el que conozcas a un hombre, sino la clase de relación que establezcas con él. Si no te lo curras, no hay nada que hacer (¿quién te engañó y te dijo que las cosas importantes de la vida crecen solas en los árboles?).

Comencemos por aclarar que cortejo es ese proceso a través del cual dos hombres se van captando mutuamente la atención hasta el punto de desarrollar un genuino interés por conocerse mejor con la intención de llegar a una posible relación sentimental. La función del cortejo -fundamentalmente- es despertar el interés del otro. Evaluar si sois compatibles (o no) viene luego ¡durante el noviazgo!

Habitualmente la cosa es más o menos así: conozco a un hombre en un bar, nos miramos un rato hasta que uno se acerca e intercambiamos saludos. Si hay química iniciamos una conversación que puede seguir toda la noche o cortarse para volver con los amigos. En ese caso, nos damos los teléfonos ahora. Otra de las cosas que pueden ocurrir es que salgamos del bar en dirección a alguna de nuestras casas. Tenemos sexo. Si la cosa ha ido bien y nos atraemos lo suficiente intercambiamos los números de móvil (ya no para follar, sino para repetir). Acaba de comenzar el cortejo.

A partir de aquí iniciamos un proceso a través del cual pretendemos mostrar a ese hombre que nos interesa y, a la vez, queremos que él se sienta interesado por nosotros. Hacerlo bien es un arte. A menudo se confunde cortejar con invadir. Cortejar no significa llamarle cincuenta veces al día, ni entrometerte en su vida, ni buscarlo en todas las redes sociales y en todas las webs de perfiles. Cortejar no significa inundar su bandeja de entrada de correo. Cortejar es ir calibrando la intensidad de nuestras aproximaciones según el impacto que hemos logrado en su interés por nosotros.


II. ¿Cómo es el “cortejo gay”?

Me siento un poco lerdo porque acabo de formular una pregunta que no sé contestar (;P) y que uso como excusa para decir aquello de “cada uno lo entiende a su manera conforme a las experiencias que ha tenido a lo largo de su vida... no hay dos cortejos iguales...”. Pero como tú estás leyendo este artículo para que yo te explique algo y no para que me haga el listo, trataré de dar un par de claves generales que puedan ofrecerte pistas para tu propio estilo. Partimos de la idea de que, durante el cortejo, lo que hacemos es ir manteniendo el buen humor del otro mientras fomentamos su interés por nosotros y así poder ir compartiendo nuestros mundos individuales hasta ir creando un mundo compartido hecho de la intersección de nuestras vidas. O sea: que se trata de que sin renunciar a nuestra vida, sin que e´l renuncie a la suya, queramos estar juntos y pasarlo bien para que vaya surgiendo una relación en la que ambos nos sintamos implicados y comprometidos.

       Hay un asunto que muchos gais no llevamos bien y que tiene que ver con la gestión de las emociones. Ya hemos hablado de ello en otros artículos y vuelvo a remitirte a un texto fundamental como es “La rabia de terciopelo” (The Velvet Rage, Downs, 2005) para profundizar en ello. Es importante saber que tantos años de ocultar nuestros sentimientos dejan su huella y producen un efecto por exceso o por defecto (sí, a veces nos pasamos con la exhibición de nuestras emociones y las publicitamos cuándo, cómo y dónde no toca, pero ya hablaremos de eso otro día). Cuando nos quedamos con el cliché de “que no se te note que te gusta fulanito” marcado a fuego durante la adolescencia, al final terminas por sufrir un nudo en el estómago sólo ante la idea de mostrar tus sentimientos. Racionalizamos ese pavor con afirmaciones como “aquí todo el mundo va a lo que va” o “eso son mariconadas” (o “cursiladas”) o “si le demuestro mis sentimientos, él tendrá poder sobre mí”. Si has elegido al hombre adecuado, mostrarle tus sentimientos sólo puede traerte consecuencias agradables así que anímate a afrontar tus miedos pasados y liberarte de esos clichés que siguen impidiéndote vivir tu sexoafectividad con naturalidad. Cortejar, como salir del armario, es otro paso más en la vivencia sana de la homosexualidad.

       Alguien podría argumentar que no es que carezcamos de cortejo, sino que el cortejo de los gais es así: inmediato y sexual. Y yo le daría la razón si no fuese evidente que es un comportamiento restringido causado por la persecución de una sociedad homófoba que nos obligaba a la furtividad. El cortejo gay no es así, nos vimos obligados a que fuese así. No era el cortejo que deseábamos, era el único que podíamos tener.

Las tres características históricas de nuestro cortejo eran no demostrar nuestros sentimientos, focalizarnos en el sexo e ir con mucha rapidez. Justo las opuestas a un cortejo eficaz. Veamos qué sería más funcional.



1. Sexo, ¿no?

Si piensas que cortejar significa hacerte el estrecho (como sinónimo de “interesante”) mejor deja de ver culebrones. Los gais no damos al sexo esa trascendencia que le dan las parejas heterosexuales. Los gais, aunque parezca paradójico, a lo que damos verdadera trascendencia es a entregar el corazón. Lograrlo sí que necesita de un verdadero cortejo y haber demostrado que somos ese hombre a cuyo lado él sería feliz.

El cortejo empieza detrás del primer (o cuarto) polvo. Cuando quedamos para ir a tomar un café y hablar de otras cosas. Empieza cuando nos hacemos reír, cuando encontramos coincidencias en nuestras aficiones, cuando él nos habla de su vida y nos parece un luchador admirable o un hombre tierno y entrañable. Aún a riesgo de generalizar en exceso, diré que en los heterosexuales el cortejo acaba cuando se meten en la cama. En los gais el cortejo comienza en el preciso momento en que salimos de ella.

       El buen sexo es muy importante y, desde luego, no sólo porque resulta placentero sino también por que supone una expresión clara de la complicidad entre dos hombres. También pone de manifiesto que existe atracción entre vosotros y facilita la elaboración del vuestro vínculo emocional. Tras el orgasmo aumentan los niveles de oxitocina en sangre. La oxitocina es conocida en neuropsicología como la “hormona del amor” porque su efecto sobre nuestro cerebro hace que se fortifiquen los lazos con la persona que está cerca de nosotros cuando se libera esa hormona, nos hace sentir más confianza, ser más generosos y más empáticos. Como ves, ese efecto sobre nuestro cerebro hace que tras un buen orgasmo juntos, él nos parezca mucho más próximo y que nos sintamos más unidos. Añadiré que los abrazos y las caricias también liberan oxitocina así como el compartir “momentos especiales”. El sexo es fantástico aunque –como tú ya sabes- no lo es todo.



2. Tómate tu tiempo

Personalmente me sorprende mucho cómo una enormidad de gais se van a vivir juntos apenas pasados dos meses de conocerse. Te dicen cosas como “es que estamos seguros de lo que sentimos y, además, los dos creemos en la pareja”. ¡Nooooooo! La están cagando espectacularmente. Si una receta dice que cocines el pollo durante una hora a 120º y tú lo pones a 240º ¡conseguirás quemar el asado en la mitad de tiempo! La pareja no se forma con una decisión, la pareja se construye por medio de un proceso que dura su tiempo y que tiene unos pasos que no te puedes saltar porque éstos tienen que ver con cómo tu sistema emocional crea los lazos afectivos. Decid que no sois capaces de vivir solos, o que estáis asustados ante el miedo de que se os pase esta oportunidad. Pero no os engañéis porque luego, cuando salga mal (que saldrá), le echaréis la culpa a todo menos a vuestra incapacidad y seguiréis tropezando una vez tras otra contra el mismo obstáculo[1]. Mejor tomaros vuestro tiempo para interesaros el uno por el otro y disfrutar del descubrimiento mutuo.

       Nadie emocionalmente equilibrado dice “te quiero” a las dos semanas de estar saliendo con otro hombre. A veces cuesta escapar de alguien tan vehemente en las expresiones de sus afectos pero, siendo honestos, no es que estéis viviendo un cuento de hadas… es que confunde “enamorado” con “ilusionado”, “querer” con “desear”… y las confusiones no suelen llevar muy lejos. Por mucho que te encante sentirte tan deseado y necesitado, sé honesto sobre tus emociones presentes y no las confundas con las que te gustaría estar viviendo ya. Si sólo es interés e inquietud (esas cosquillitas) no lo llames “enamoramiento”… al menos no hasta que se convierta en un enamoramiento real. Creer en los cuentos de hadas es tomárselos en serio: si crees en el amor, no lo confundas con un sucedáneo. Amor no es dependencia, amor no es espejismo, amor no es irracionalidad, amor no es ir antes de tiempo.

       El vínculo, el enamoramiento, se genera con los encuentros, con el interés que se despierta en el uno por el otro, con los buenos ratos compartidos… en lugar de emocionarte con la adrenalina, deja a tu cuerpo producir oxitocina a su ritmo... ya verás qué subidón.

       Por último recuerda que “uno se enamora de un proyecto de vida”, es decir: uno siente amor cuando se encuentra con alguien a cuyo lado uno puede ser quien siempre ha sido. Te enamoras de alguien compatible. Los extremos opuestos se atraen porque se producen curiosidad, pero no suelen ir más lejos de una aventura. A medio plazo, o hay compatibilidades, o es imposible una convivencia satisfactoria. Durante el cortejo mostramos al otro la vida que podemos compartir: el tipo de ocio que nos gusta, los detalles que somos capaces de tener, nuestros intereses, prioridades. No lo hacemos en profundidad (eso ocurre durante el noviazgo, hace falta tiempo) pero en el cortejo dejamos entrever qué clase de vida “le ofrecemos” (y durante el noviazgo demostramos que no era “de boquilla”).

       Cuando estaba rumiando este artículo vi “Superman returns”. Hay una escena en la que él lleva a Lois a volar. Hablan de sus vidas, ella se ha casado y su marido es piloto: “Me lleva a volar a veces” y él le contesta “Sí, pero seguro que nunca como conmigo”. Entonces la cámara se dirige hacia abajo, el mundo queda bajo sus pies y ella se da cuenta de que él le está ofreciendo todo aquello. Me pareció una metáfora fantástica del cortejo, un perfecto “ven conmigo, mira la vida que te ofrezco”. Si Superman fuese gay, también cortejaría volando ¡estoy seguro!



[1] Vale… vale: hay excepciones.

*¡¡No te pierdas la 2ª parte del artículo el próximo més!!



*El resto de artículos escritos por Gabriel J. Martín con lo que he colaborado, los encontraréis con sus respetivas ilustraciones en éste mismo blog.

*Recordad que si no tenéis a vuestro alcance la edición impresa de la revista, podéis descargaros ésta y otras ediciones pasadas en www.gaybarcelona.net/revista/.


Licencia Creative Commons
La ilustración "Por favor, cortéjame" es propiedad de Albert Boté, y se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://albertbote.blogspot.com.

martes, 20 de diciembre de 2011

Ilustración "Resultado: positivo en VIH"

¡Hola de nuevo! Aquí tenéis mi nueva ilustración para el artículo "Resultado: positivo en VIH" de Gabriel J. Martín psicólogo de la Coordinadora Gai-Lesbiana de Barcelona y de Gais Positius, aparecida en la última edición de la revista GayBarcelona (nº 87, diciembre 2011).

En esta ocasión, Gabriel trata el siempre delicado e impactante momento en el que uno es diagnosticado de VIH positivo, y el proceso de asimilación al cual toda persona seropositiva debe enfrentarse, a pesar de las dificultades personales o sociales que desgraciadamente suelen surgir en estas ocasiones. Como es habitual en él, Gabriel explora las distintas situaciones que suelen darse frente el diagnóstico, a través de su experiencia como psicólogo con las personas a las cuales asiste diariamente, con el objetivo de hacer más llevadera tan delicada situación. Esperanza y miedo se entremezclan al mismo tiempo en un recorrido lleno de obstáculos - hoy en día, más ajenos al propio virus que al estigma en sí - , que desaparece en el momento en que se asimila con normalidad la convivencia con el VIH, provocando al fin el descubrir que en realidad, se trata de una situación crónica muy similar a muchas otras que se dan a lo largo de la vida común de todas las personas.

Para la ilustración, es ésta ocasión Gabriel y yo buscábamos transmitir ésa sensación de claustrofobia, a la cual en ocasiones, las personas recién diagnosticadas de ven inmersas, incapaces de ver un futuro que no esté condicionado por sentirse portadores del virus. Y como contrapunto, visualizar toda esa vida llena de oportunidades a la cual todas esas personas pueden llegar, si logran enfrentarse al estigma y valorarse como individuos, más allá de su estado serológico.

Como siempre, agradezco a Gabriel su confianza en mis dibujos.


Aquí tenéis el boceto inicial del cual partió la ilustración. Como podéis ver, hubo cambios parciales durante el proceso de realización, pero la base su mantuvo intacta para el resultado final.


Ilustración final.



Aquí os dejo el artículo completo de Gabriel J. Martín "Resultado: positivo en VIH". No os lo perdáis, no os defraudará!!



Resultado: positivo en VIH

En esta vida hay cosas que es mejor que no sucedan. Hasta aquí estamos de acuerdo: no tendría sentido tanta campaña de prevención del VIH si fuese exactamente lo mismo tenerlo que no tenerlo. Pero una vez que sucede, una vez que se produce la infección, también es cierto que hay dos formas de llevarlo. Puedes llevarlo mal, hundirte y permitir que todo el peso del estigma te robe tu vida. O puedes llevarlo muy bien, como se llevan otras tantas cosas que a veces suceden y plantearte el reto de que apenas afecte a tus proyectos. No sólo es posible sino que se puede aprender a conseguirlo.

Gabriel J. Martín, psicólogo de la Coordinadora Gai–Lesbiana y de Gais Positius. Ilustraciones: Albert Boté


Cuando los compañeros de “Gay Barcelona” me pidieron que hablase de la vivencia con el VIH en este número de la revista me sentí contento por poder compartir con todo el mundo los resultados y vivencias de mi trabajo en los últimos tres años. Unos años intensísimos en los que he visto (literalmente) a cientos de hombres VIH+ adaptarse a su nueva situación. Como psicólogo procuro focalizar siempre en los aspectos constructivos de cualquier contexto y sobre ello será sobre lo que hable en este artículo.

Adaptación es la clave.
Todo el mundo sabe que soy un friky de la etimología, así que no me esconderé. Además, la etimología de la palabra “adaptación” es especialmente hermosa. Viene del latín “ad aptum” que viene a significar “llegar a hacerse apto”. Por tanto, “adaptarse” transmite en su esencia el sentido de “aprender aquello que es necesario aprender para poder hacer tal cosa o vivir de tal manera”. La noticia de que eres seropositivo no debería significar más que el hecho de tener que aprender una serie cosas. Tendrás que adquirir algunos conocimientos, estrategias, hábitos y habilidades exactamente igual que si te mudases a vivir a Nueva York. En ese caso también tendrías que adquirir conocimientos (idiomas, cómo se organiza la red de metro), estrategias (aprender cómo se hacen amistades en este contexto social concreto), hábitos (levantarte y acostarte dos horas antes de lo que lo hacías en España) y habilidades (¿cómo se cocina sin aceite de oliva?). Todo cambio en la vida supone esto. A veces los cambios nos entusiasman y aprendemos una barbaridad de cosas sin esfuerzo (como cuando nos mudamos a nueva York) pero –a veces- los cambios nos vienen impuestos y no nos hace ni puta gracia tener que ponernos a aprender nada. Así que intentaré facilitarte la tarea con algunas indicaciones que (como siempre digo) no pueden sustituir el asesoramiento directo por parte de un profesional cualificado.
Debo decírtelo con claridad: si quieres, puedes ver el VIH desde el “pobrecito”, desde el estigma, desde el miedo y desde la disfuncionalidad, pero no cuentes conmigo ni para eso ni para enseñarte a lamerte las heridas (seguro que encuentras otros que lo hagan). Conmigo podrás contar para plantearte el reto de aprender a hacer las cosas de tal manera que tener VIH no sea un obstáculo en tu vida y poder seguir viviendo como siempre quisiste hacerlo. O, al menos, intentarlo. Como psicólogo no quiero servirte para otra cosa.
¿Me voy a morir?”, “¿me voy a deteriorar?”, “¿soy una bomba infecciosa?”, “¿debo avisar a mis amantes antes de tener sexo con ellos?”.Yo me sorprendo de que, aún, éstas sean las preocupaciones que primero asaltan a un hombre seropositivo recién diagnosticado. La respuesta para todas es “no”:no te morirás por culpa del VIH[1], no te vas a deteriorar[2], no eres ninguna bomba y no eres el responsable de la salud sexual de los demás, sino solamente de la tuya propia.
En estos momentos, los tratamientos con antirretrovirales son capaces de mantener tu VIH indetectable de manera que la afectación a tu cuerpo será mínima. Personalmente opino que es mejor iniciar el tratamiento tan pronto uno se ha diagnosticado al margen de cómo se tengan las defensas (el recuento de CD4) y esta opinión no la sostengo porque sí sino viendo la experiencia de mis pacientes y a partir de lo que nos dicen los científicos. El equipo del doctor Gatell (Clínic) es muy partidario de ello. También lo son otros doctores como Clotet (Can Ruti), Moreno (Ramón y Cajal), del Romero (Sandoval), etc. que nos explican en diferentes encuentros científicos los efectos inflamatorios y oxidatorios del VIH y de cómo la mejor manera de prevernirlos y garantizar una buena calidad de vida es con un inicio precoz del tratamiento[3]. Además, como ya hemos comentado en otros artículos, estar indetectable hace que sea realmente muy difícil poder transmitir el VIH a otra persona. Los efectos secundarios se han reducido notablemente hasta el punto de que muchos pacientes me cuentan que “si no fuese porque me lo dice unos números en un papel cada tres meses, ni me enteraría de que tengo VIH”.
Tendrás que aprender qué son los CD4, qué es la carga viral, el “logaritmo” y las diferentes familias de antiretrovirales[4]. Tendrás que aprender qué niveles de defensas son buenos, aceptables, preocupantes o malos. Aprenderás sobre los hábitos de salud más aconsejables: dieta equilibrada, ejercicio moderado y no ingerir demasiados tóxicos (vamos, como todo el mundo). Aprenderás sobre cómo mantener unos buenos niveles de calcificación, de equilibrio lipídico, de función renal y hepática. Adquirirás el hábito de chequearte periódicamente, de cuidarte, de estar vacunado. Aprenderás estrategias para reconocer a los serófobos y a la “gente tóxica” que no convienen como amistades. Adquirirás la habilidad de dialogar con tu cuerpo. Yo todo ello se convertirá en otra rutina más de tu vida cotidiana. Aparte de esto, no mucho más.
Una de las cosas que siempre comento con mis pacientes es “sigue haciendo tu vida de siempre”. El momento del diagnóstico es lo suficientemente estresante como para que –encima- le añadas la tensión de dejar de fumar, o de beber, o de drogarte. Está clarísimo que cuantos menos tóxicos ingieras, mejor para ti pero también está clarísimo que cuanto menos ansiedad añadas a tu situación, más llevadera será y antes la resolverás. Ya habrá tiempo de abandonar estas cosas cuando el adaptarte a convivir con el VIH ya no sea tu prioridad.
Sobre si decirlo o no decirlo...pues, sinceramente, la respuesta depende de la motivación que te impulse a comunicarlo a quienes te rodean. Si te sientes obligado a decir que eres VIH+ “para que tengan cuidado conmigo”, quizá será mejor que lo comentes con un psicólogo y juntos trabajéis sobre tu autoestima. Seamos francos: considerarse a uno mismo “un peligro para los demás” nos está diciendo que algo no funciona bien en tu autoconcepto. Si, por el contrario, deseas compartirlo con los demás porque necesitas el apoyo de las personas que te quieren, la cosa cambia mucho. Emplea siempre el “criterio de la comodidad” y comunícalo sólo a aquellas personas con quienes te sientas cómodo, sólo en las situaciones en las que te sientas cómodo y sólo en los momentos en los cuales te sientas cómodo. Piensa que, naturalmente, a quien se lo comuniques le surgirán todas las mismas preguntas que te estás haciendo tú por lo que resulta más cómodo, para uno mismo, sentirse capaz de responderlas con seguridad antes de hablar con nadie. Si lo que te preocupa es decírselo a un candidato a novio, te remito a mi artículo de noviembre de esta misma revista (“Cielo… soy seropositivo”), donde abordo el tema con extensión. De cualquier manera te recuerdo que lo mejor es sondearlo desde el principio sacando el tema del VIH, en general, a ver cómo reacciona al hablar del tema. Igualmente, no olvides que no estás confesando ningún “defecto” y que si alguien te juzga negativamente es porque su ignorancia no le da para más (¡corre, este hombre no le conviene a nadie!).
No olvides que el VIH no tiene porqué ser más limitante de lo que tú le quieras permitir. Cambian algunas cosas: no puedes donar sangre ni órganos, necesitarás consultar con un abogado antes de hacerte una hipoteca y puedes tener algunos problemas para entrar en Irak, Jordania o Rusia[5]. Pero también es cierto que si adquieres los conocimientos, estrategias, habilidades y hábitos adecuados, no tiene porqué suponerte una barrera infranqueable para que continúes desarrollando tus proyectos. Hoy por hoy, ser VIH+ es tener una infección crónica y nada más. Sé asertivo y no permitas que nadie te convenza de lo contrario. La noticia siempre impacta pero una cosa es el sobresalto que a uno le produce un diagnóstico (ahora hablaremos de ello) y, otra muy distinta, es empezar a verse como un apestado. Eso sí que no, nene.

El primer impacto.
La reacción ante la noticia del diagnóstico depende de la personalidad de cada uno y de su biografía. Depende de si habías conocido a otros gais seropositivos, de si conocías algo sobre el curso de la infección, de si llevabas bien tu homosexualidad, de si no tenías ningún sesgo discriminador, etc. Depende de una constelación de factores interrelacionados.
De entrada te llevarás un susto (el shock es inevitable, hay que asumir que es normal acojonarse aunque sólo sea durante un rato) pero pasado el impacto emocional inicial todo irá reconduciéndose e irás aprendiendo a convivir con tu nueva situación.
Si, por el contrario, vives tu sexualidad con vergüenza, tenías un sesgo serofóbico[6], aún llevas interiorizada la homofobia o tienes dificultades con tu gestión emocional, lo llevarás fatal. La mayoría de mis pacientes se dividen en tres grupos: recién diagnosticados, VIH+ de largo recorrido que necesitan trabajarse diferentes temas personales y VIH+ que llevan uno o dos años diagnosticados pero que no han resuelto el duelo de la infección. Estos últimos me cuentan cosas como “pensé que lo superaría, pero no puedo. Al contrario, cada día estoy peor: más avergonzado, más asqueado, más deprimido. Cada día salgo menos y lloro más, ¿qué me pasa?” En estos últimos casos trabajamos temas que ese hombre traía pendientes (sus “mochilas”) y que han sido las que le han impedido elaborar adecuadamente el duelo que la noticia del diagnóstico desencadena. Yo les explico que es normal, que no es patológico sentirse así, sino que es un proceso de movilización de sus recursos para afrontar algo que perciben como una amenaza. Que, por esa razón, algo en su interior pone sus debilidades encima de la mesa, para que las solventen y puedan continuar adelante confiando en que, suceda lo que suceda, serán capaz de afrontarlo. Explicaré el proceso de duelo por VIH.

Un duelo (no siempre) duele.
Considero que existen dos tipos fundamentales de duelo y que, a la hora de resolverlos, es muy importante distinguir entre ambos. Existe el duelo por tragedia y el duelo por fracaso. La diferencia entre ellos radica en el origen del suceso que desencadena el duelo. Si lo que ha sucedido es algo cuyo control escapa por completo a la persona porque las causas son inevitables o inmutables, vivimos un duelo por tragedia. Si, por el contrario, la persona tenía control sobre las causas del suceso que desencadena el duelo, lo que vivimos es un duelo por fracaso. Ejemplos clásicos del duelo por tragedia son el fallecimiento de un ser querido o la pérdida de tus bienes por culpa de una catástrofe natural (una inundación, un terremoto). No puedes controlar los movimientos tectónicos, ni tampoco evitar la muerte de nadie, así que no tienes control sobre este tipo de suceso. Ejemplos de duelo por fracaso son los suspensos, la ruptura de la pareja, el enfado con un amigo, etc. Se supone que controlas haber estudiado más o menos, haberte trabajado la relación más o menos, etc.
Cada uno de estos duelos tiene funciones diferentes. El duelo por tragediacumple el objetivo de diluir los lazos emocionales con la persona, objeto o situación perdida. Aquí, el pensamiento rumiativo y la revivencia mental de lo sucedido, tienen como objetivo disminuir la intensidad de las emociones desencadenadas. A fuerza de darle vueltas y vueltas, llegará un momento en que cada vez duela menos, menos, menos… hasta que ya no duela de manera insoportable. Cuando no hay control sobre una situación, al ser humano sólo le queda adaptarse a ella y que deje de dolerle para poder seguir adelante y mantener una vida funcional. Donde más se nota este efecto es en la irreversibilidad de la situación: al no haber cura definitiva, una vez seropositivo, no hay (de momento) vuelta atrás y todo se centra en asumir esta nueva realidad irreversible. En cambio, en el duelo por fracaso, el pensamiento rumiativo (eso de darle vueltas y vueltas) tiene como misión que extraigas los aprendizajes de esa situación. Si ha salido mal porque la has cagado en alguna parte, mejor averiguar dónde y no volver a cometer esa equivocación. El ser humano adquiere una enormidad de aprendizajes por “ensayo y error” así que, este tipo de proceso puede ser muy enriquecedor si se sabe resolver adecuadamente.
La particularidad del duelo por el VIH es que contiene elementos de ambos tipos de duelos. Ante una infección por VIH hay una parte la situación que permanece fuera de tu control: no puedes controlar la prevalencia ni la incidencia del VIH en tu ciudad, no puede controlar si el chico con el que te acuestas está indetectable o con la carga viral altísima, no puedes controlar que (¡a veces ocurre!) confíes en la monogamia de tu pareja y que te infectes porque él se ha infectado mientras te era infiel con otro hombre. No puedes controlar todo en esta vida. A veces pasan cosas que no controlamos y, cuando pasan, nos desencadenan un proceso de duelo por tragedia. Del mismo modo, hay una parte de duelo por fracaso: “no usé el preservativo sistemáticamente en todas mis relaciones” o “calibré mal y no pensé que ese chico tenía carga viral (y alta)” o “aquella tercera copa me sentó mal y perdí el control durante una hora”. El etcétera, ya lo sabemos, es larguísimo. Añadiré que en lo relativo al componente de duelo por tragedia, ante la infección por VIH es necesario trabajar el proceso de pérdidas (cuando se cambia de etapa siempre hay algo que permanece, algo que aparece y algo que desaparece: esto ya lo decía Aristóteles en el s. IV AC) así como las emociones que se desatan ante el diagnóstico. En lo referente a la parte de duelo por fracaso, se trata de adquirir nuevos aprendizajes que nos hagan aptos para nuestra nueva situación.
Eso sí: lo primero que debes saber es que todo hay que contextualizarlo. Comparado con otros seres humanos, no has hecho nada especialmente torpe y te lo explicaré con un ejemplo. Todos los heterosexuales se han emborrachado en alguna ocasión y, al día siguiente, han despertado en la cama de una/a desconocido/a después de haber tenido sexo sin protección. Ellos difícilmente se habrán infectado de VIH (quizá se han embarazado, eso sí). Si eso le sucede a un gay, la probabilidad de que se infecte de VIH es muchísimo más alta debido a que, en nuestra comunidad, con nuestras prevalencias e incidencias[7] tan altas, es muy fácil infectarse. No eres ni más torpe (ni más listo) que cualquier otro ser humano.

Etapas clásicas.
Un duelo suele atravesar diferentes etapas. A veces estas etapas se solapan, a veces hay etapas que no se producen, a veces se salta de una a otra y, a veces, no se desencadena ningún tipo de duelo. La primera reacción tras el impacto inicial es la de negación. A menudo imaginamos que una persona en esta situación se pasa el día diciendo “no lo acepto, no lo asumo” o “¿VIH? ¡Yo no tengo VIH!”. Pero por negación también entendemos seguir viviendo como si no hubiese pasado absolutamente nada y, de hecho, esta es una reacción bastante habitual… y lógica. Tener VIH no significa absolutamente nada a no ser que lo tuyo sea un diagnóstico tardío. Pero, entre que una persona se infecta y que aparecen los primeros problemas de salud, pueden llegar a pasar entre ocho y diez años. Si te diagnostican en los momentos iniciales de la infección, quiere decir que pasarán años en los que el VIH no te afectará en nada incluso sin necesidad de medicarte. El hecho de no presentar “señales” hace que el duelo no se desencadene hasta pasado mucho tiempo. Habitualmente la parte más dolorosa del duelo (las siguientes etapas) no sucede hasta que el paciente no inicia el tratamiento porque, hasta ese momento, nada en su vida “señalaba” que tenía el VIH y podía permanecer en esta etapa de negación, de dulce ignorancia, de“inocencia”.
A la negación suele seguirle la rabia: “¿porqué me ha pasado esto a mí?”, “¡ese cabrón me tenía que haber avisado!”, “¡no te puedes fiar de nadie!” o “¡soy un auténtico gilipollas, quién me manda follar a pelo!”. Hay quienes, incluso, desarrollan toda una teoría conspiranoica sobre las perversas intenciones de la industria farmacéutica tratando de crear culpables. Al fin y al cabo se trata de una reacción de rabia que es normal, que es humana y que se debe permitir sin prestarle demasiada atención. Ante una crisis, nuestro cuerpo fabrica adrenalina y nosotros traducimos la adrenalina en emociones como la rabia. Es una reacción de defensa ante una amenaza. No es patológica, permítetela. Cuando dejes de percibir el VIH como una amenaza, te tranquilizarás y se te pasará el cabreo. Éste es el momento de trabajar tu percepción de amenaza, los temores que te suscita el VIH, los miedos que te están apareciendo. Es el momento de expresarlos, afrontarlos, entenderlos y solucionarlos. Te darás cuenta de que, una vez expresados y afrontados, los temores empequeñecen.
La siguiente reacción normal es la depresión. Especialmente se da por la parte de duelo por tragedia que toca y tiene un componente de indefensión. De repente te das de morros contra tu vulnerabilidad, con que no eres más que una hoja que mueve el viento y no el hombre indestructible que creías ser. Eso asusta… y mucho. Sin embargo, ésta es la realidad de la vida: somos frágiles. Y podemos infectarnos, podemos tener un accidente, podemos perder a un ser querido. Una riada se nos puede llevar como si fuésemos muñequitos. Quizá el diagnóstico de VIH sea la primera noticia que tienes de tu vulnerabilidad pero siempre ha estado ahí. Y es eso, no el VIH en realidad, lo que te hace sentir tan asustado. ¿Nunca has pensado que si el VIH no te hiciera vulnerable no le temerías tanto?
Sin embargo, fíjate por dónde, asumir que uno es vulnerable y que –por supuesto-nos puede sobrevenir una enfermedad como a cualquier otro, nos ancla en el disfrute del momento presente. Te cambian los chips y te das cuenta de cuáles son las cosas verdaderamente importantes de la vida.
A pesar de ello, ésta es la peor etapa, porque en ella sueles darte cuenta de cuántas mochilas llevabas colgando: que no asumes con orgullo que eres gay, que te avergüenza hablar de tus prácticas sexuales porque son mariconadas, que no confiabas realmente en encontrar a un hombre que te amase de corazón, que habías puesto toda tu energía en construir un cuerpazo con el que impresionar a los demás porque en el fondo siempre te has sentido inferior y te preocupa muchísimo deteriorarte físicamente. Éste también es el momento de que seas comprensivo contigo mismo, piensa que eras el “maricón de mierda” del colegio, así que tampoco es de extrañar que terminases con una autoestima tan deteriorada, cariño. Esta es la etapa en la que todas tus mierdas salen a flote. Lo que más duele es darte cuenta de que tu VIH ha destapado tu alcantarilla y todo aquello que quisiste arrojar allí, está reclamando que bajes a ponerle solución. Y eso sí que asusta. Cuando quieras podemos ponernos manos a la obra. Hay una ley en psicología que dice “todo lo que se aprende puede desaprenderse”. Si la vida te ha enseñado a sentirte mal, puedes “desaprenderlo” y aprender a sentirte optimista, ¿te animas?
Muchos de mis pacientes han pasado una fase de negociación. No se da en todos los duelos pero en los duelos por VIH es bastante frecuente. La negociación consiste en hacer cosas para que la vida (o dios, o el cosmos o el karma) te corresponda con algo. Un ejemplo tradicional serían las promesas o los exvotos: a cambio de curarse o de encontrar un buen marido, se va uno de peregrinación o enciende velas en la iglesia. Por curioso que te parezca todos tenemos nuestras supersticiones, nuestras creencias que no se sustentan en una evidencia empírica firme y definitiva (pero que dan salsa a nuestras vidas). En los casos de infección por VIH muchos de mis pacientes me cuentan cosas como “he empezado una dieta macrobiótica rica en antioxidantes y carotenos porque eso fomenta la producción de una glucoproteína que combinada con…” o “voy a empezar a hacer meditación porque si equilibro mis chakras conseguiré mantener mis defensas en…” o “ya no vuelvo a salir de fiesta, ahora tengo que cuidar mi hígado y no volveré a probar el alcohol…”. Al final, ni te puedes pasar la vida comiendo un kilo de zanahorias al día ni te vas a dedicar a meditar cuando lo que te gusta es dar botes en la discoteca. Eso sin mencionar que, desde luego, la vida es más triste sin compartir –al menos de vez en cuando-una copita con los amigos.
Todo esto se equilibra cuando llegas a la fase de resolución donde ya has superado la herida emocional y extraído los aprendizajes de la experiencia vivida. Terminas dándote cuenta de que sí: tienes que hacerte una analítica cada 3 meses y tienes que tomar un tratamiento, pero –siendo honestos- tu vida no ha cambiado tanto y las cosas ya no son como hace treinta años. Has adquirido los hábitos, herramientas, conocimientos y habilidades que necesitabas para“hacerte apto” y las cosas toman otro color.
Que no se te olvide…
Nadie nace sabiendo. Los seres humanos tenemos tantas cosas que aprender para desenvolvernos en unos mundos tan complejos como los nuestros que, en muchas ocasiones, no nos queda más alternativa que lanzarnos a la piscina e intentar vivir unas circunstancias (para las que nadie nos preparó) de la mejor manera que se nos ocurre. Eso supone equivocarnos muchas veces en el camino porque es la única forma que nos queda para poder aprender a vivir una vida para la que no existe manual de instrucciones. No te sientas desamparado. En la convivencia con el VIH la historia tiene ya treinta años y otros pueden ayudarte a adaptarte. Supera tus miedos y trata aprender a sobreponerte. Al menos inténtalo. Como dicen los héroes: “mejor fracasado que cobarde”.



[1] Una vez le dije a uno de mis pacientes que si había el VIH para suicidarse, se había equivocado de método.
[2] Bueno, sí: como todos. Un poquito de bótox a partir de los 50 igual sí te apetece.
[3] Para estar bien informado, puedes consultar la web de SEISIDA, las noticias que se cuelgan en www.gtt-vih.org y los facebooks de Gais Positius, Stop Sida y BCN Checkpoint.
[4] Hay un video espectacular en youtube. Se titula “HIV replication” (hay una versión subtitulada en castellano) y explica perfectamente el modo en que el virus se replica y cómo las diferentes familias de antiretrovirales impiden este proceso. Lo uso muy a menudo en mi consulta para explicar cómo actúa el tratamiento.
[5] Si quieres consultar la lista de países con restricciones en el acceso o residencia para personas VIH+, lo puedes hacer en www.hivtravel.org. También encontrarás mucha información la web de Onusida.
[6] Ver artículos sobre este asunto en esta misma revista:“Serofobia” (junio 2011) y “Cielo… soy seropositivo” (noviembre 2011).
[7] Prevalencia sería el porcentaje de gais VIH+ en nuestra comunidad (el 20% en Barcelona) mientras que incidencia se refiere al número de nuevas infecciones que se producen por año (en torno al 7% en nuestro caso). Ambas puntuaciones son muy altas.





*El resto de artículos escritos por Gabriel J. Martín con lo que he colaborado, los encontraréis con sus respetivas ilustraciones en éste mismo blog.

* Recordad que si no tenéis a vuestro alcance la edición impresa de la revista, podéis descargaros ésta y otras ediciones pasadas en www.gaybarcelona.net/revista/.


Licencia Creative Commons
Ilustración "Resultado: positivo en VIH" es propiedad de Albert Boté, y se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España.

Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://albertbote.blogspot.com.